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sábado, 14 de febrero de 2009

Rosas...3, finally, the end

Con una mezcla de melancolía y alegría busqué al hombre que tantos años me acompañó y lo encontré dormido. Decidí que fuera el último. Me levanté con cautela y fui a darles un beso a cada uno de mis hijos.
Entre en sus cuartos como una exhalación y todavía pude acomodarles sus colchas. Los había reunido conmigo sin decirles el motivo y fueron ellos quienes apaciguaron mis ansias durante la espera. Luz, mi adorada nieta, fue la única que me sintió en la habitación y me retuvo al besarla en la frente. Heredó esa conexión con la espiritual de las mujeres de mi familia.

Recorrí por última vez los corredores de la casa colonia en la que pasé tantos años y tantas alegrías, parecía que los geranios de las ventanas y las enredaderas también se despedían.

Al fin regrese a mi habitación y me acosté junto al viejo barbudo en que se había convertido el amor de mi vida. Dibujé los contornos de su boca de pecado y aspiré su olor a tabaco. Eran mis minutos finales con él. Lo amé con locura. Aún en nuestra vejez seguí amándolo como una adolescente. Nunca estuve segura si él me amó o si sólo intentó llenar conmigo ese vacío que lo atormentaba desde que lo conocí.
Fue de las pocas cosas que mamá no me explicó, quizá para que siguiera siendo feliz.

Al principio tenía la angustia de dejarlos solos, pero a mediad que florecían las rosas me di cuenta que ya no me necesitaban, ni siquiera mi barbudo querido, que ya se calentaba el café por las mañanas.

Así tranquila dejé todo aquello que me hizo feliz en mi vida terrena. Partimos entre las rosas, y yo sabía que era mi tiempo de relevar a mamá.
-Una cosa, mamá…
-Dime.
-¿Quién era esa sombra negra que me asustaba siempre?
-Tu abuelo.
-¿El abuelo?-exclamé asombrada.
-Sí, siempre le gustó andar por ahí jugando a los sustos, y dice que después de morir el juego es mejor.

Poco a poco nos alejábamos de mi vieja casa. Era un camino largo, sin retorno y el espacio se convirtió en mi nuevo hogar. Aquí esperaría el lento final de los demás, charlaríamos en sueños, como antes hizo mamá.

sábado, 7 de febrero de 2009

Rosas...2

Pero eso pasó hace mucho tiempo…mucho, mucho tiempo. Ahora me correspondía a mí arreglar mis cosas antes de irme. Vacié los armarios de la vieja casona que heredé de mi suegra, y repartí toda la ropa a los empleados y a la iglesia.

Me aseguré que los papales de mis hijos estuvieran en perfecto orden y le di la revisión final al testamento. Procuré dejar las matas de rosas bien abonadas, para que su aroma los acompañara durante un buen tiempo; y le di a Luz, mi nieta, los álbumes familiares donde está la historia de su sangre. Se los di a ella porque estoy segura que es la única capaz de entender y cuidar a esta familia de locos, poetas y despistados.

Y así entre esos trámites mundanos y espirituales fueron floreciendo las rosas, una a una, hasta que no faltó más que la última. Mi labor en esta tierra había terminado y mi sombra había desaparecido por completo.

Primero fue un leve temblor, como un titubeo entre estar y no estar. Luego se fue desvaneciendo por partes hasta que poco a poco fue convirtiéndose en una piltrafa descolorida.
Aquel espíritu perverso que tanto me atormentó en los rincones de mi infancia apareció de nuevo para hacer las pases conmigo. Entró silencioso por la madrugada, y se quedó en una esquina de la habitación. Por primera vez en la vida me alegró verlo. Sabía que desde ese momento compartiríamos mucho tiempo juntos y que al final conocería quién era.

Más tarde llegó mamá. Entró sonriente como en mis sueños, y se acomodó junto a mí en la cama. Con su voz suave, la misma con la que me anunció los hechos importantes de mi vida, me dijo:

-El último botón ya se abrió. Despídete, es hora.

lunes, 26 de enero de 2009

Rosas...1

Bueno, sí, además de escribir lo del día a día, pies de foto, sumarios, titulares y de cuando vez notas completas...hace mucho tiempo dedico algunas horas a esta escritura que ha hecho al Gabo y otro más famosos....yo humildemente comienzo este camino y quiero compartir una pequeña parte del camino.

Agradeceré, críticas, opiniones, comentarios y sugerencias. Así, que aquí les dejo la primera parte de un cuento que quiero mucho. Como dijo el Negro una vez en clase, lo que uno escribe es como sus hijos. Así que ahi les dejo al niño...

ROSAS

Decidí que moriría el día que florecieran las últimas rosas, que por ese año habían sido más prósperas de lo usual.

Elegí ese día para dejarles un recuerdo lindo de mi muerte, que al fin y al cabo no es más que el comienzo…de algo desconocido, sí, pero siempre un inicio.

Me di cuenta que era mi tiempo de morir cuando empecé a perder mi sombra. Además, mamá me había apurado para que terminara mis asuntos aquí.

Nunca conocí a mamá. Sabía que era ella por la fotografía en casa de los abuelos y porque su presencia me daba paz. La encontraba en las habitaciones de la casa vagando tras de mí para impedir que me lastimara y de algún espíritu perverso que me atormentó en la época remota de mi infancia. Pero nunca me hablaba. Sólo conversábamos en sueños.

Era entonces cuando me acariciaba y me recordaba que me quería. En nuestro último sueño me había urgido a que dispusiera mi partida. Yo sabía que eso la hacía feliz, al fin estaríamos juntas, como debió haber sido, pero un equívoco del destino nos separó, y su muerte fue un error.

Mamá murió en lugar de mi tía Otilia, que con el tiempo se convirtió en una solterona amargada, primero porque no tenía propósito en el mundo, y segundo porque el destino no le había preparado hombre. Mi tía murió 50 años después en la forma, la cama y el día que debió morir mamá.

Yo tenía solo meses cuando todo eso pasó. Nunca supe muy bien porque a mamá la había matado una simple purga, hasta que ella me lo contó en sueños, en una de nuestras largas pláticas. Me aclaró que aquella purga era para su hermana, que la apendicitis había tumbado en cama y no por lombrices, como un mal doctor había dicho.