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miércoles, 25 de enero de 2012

Amor leal



Amo los libros desde que estoy pequeña. En algún momento mi ilusión fue esa: escribir un libro.

Amo los libros y ellos me aman a mí, por que ninguna lectura me ha defraudado. Al menos las importantes, las novelillas de Corín Tellado a cualquiera defraudan.

Mi romance con los libros empezó casi al mismo tiempo en que mi papá me regaló unas tiras de Mafalda.

Recuerdo que tenía libros de cuento sin las coberturas o solo con una. Aún ahora hay libros que tengo deslomados de tanto releerlos.

Hay libros que leído más de dos veces, más de tres veces. Y libros enormes que he leído día y noche hasta terminarlos.



Mi compañero inseparable de lectura es un lápiz, hb de preferencia.

Y todos mis libros están subrayados, con las esquinas dobladas, con párrafos marcados con corchetes, asteriscos, líneas, flechas, referencias a otros libros, significados de palabras.

Ese es el mejor regalo que me pueden hacer. Libros y libretas o cuadernos de pasta dura. 

Me gusta el aroma de los libros, en especial de los viejitos, viejitos. De esos libros de biblioteca o de segunda mano que traen historias con ellos.

Y me gusta el aroma de los cuadernos nuevos, con sus páginas vírgenes. 






jueves, 1 de diciembre de 2011

Bruja

No lo supo cuando se sentó a su lado.

No lo supo, a pesar de que repetía incansablemente que era bruja. Lo creía con vehemencia, pero en el fondo sabía que esa forma de adelantarse a los eventos era simplemente su extraña habilidad de distinguir con claridad lo lógico, lo inevitable, lo que muchos llamarían fatalidad.

Pero en otras ocasiones, la casualidad y el azar se conjugaban inexplicablemente para cumplir sus extravagantes “visiones”.

Le bastaba recordar sus monótonos años en un colegio de monjas, en los que a media clase de física, con el mamotreto del libro de texto frente a ella, abierto con ejercicios que jamás volvería a ver; por que al fin y al cabo no admiraba más a Arquímedes cuando apretaba el tubo de la pasta de dientes o cuando se la pasaba flotando en cualquier piscina; recordaba esos años con la mirada perdida en el vacío de la ventana con el pensamiento absurdo de  “quiero que tiemble, hace días que no tiembla” para que un par de segundos después sostuviera esa biblia matemática sobre la mesa del pupitre y evitar así que la lógica de Doppler se estrellara en el piso con el bamboleo de la tierra.

En el egoísmo de sus tardes se martirizaba pensando en los deseos que desperdiciaba con esas peticiones absurdas, tratando de escapar del tedio de las clases después del almuerzo.

Pero ese día no presintió que el tipo a su lado no era lo que quería, aunque era muy parecido. No previó que él le daría oportunidad de atisbar aquel estado que  deja al corazón en calma y pone una sonrisa boba. Tampoco percibió el leve cambio en la arritmia de sus latidos, a pesar de que lo encontró interesante.

Con una sonrisa lo archivó todo y puso atención al juego de damas que casi terminaba. Así, el hombre con barba de rey mago y risa de cohete entró en su vida pausado, sin prisas. Llegó con el peso de su historia y su pasado, sus miles de preguntas, sus explicaciones, sus besos suaves, reposados, y el conocimiento exacto de esa cosa tan efímera que llaman felicidad.

Para ella el destino los había traído, tras una serie de eventos específicos, hacia el preciso momento y lugar en que debían conocerse. El espacio y el tiempo los había preparado para encontrarse, y a pesar de la negación,  la frustración y las circunstancias no podía escapar de los designios del fatum.

Ambos sonrieron y ese simple gesto los conectó. Compartían su afición por el fútbol y la música y perdían la noción del tiempo cuando charlaban. De pronto, una tarde, un cigarrillo y una cerveza los acercaron lo suficiente para que sus corazones se hablaran.

-Esta plática la debimos tener antes…-trató de explicarse y explicarle él.
-¿Crees?-sonrió ella
-¡Sí!-gritó en medio de la risa y lanzándose sobre ella, la abrazó y tuvieron su primer beso, sin planearlo o esperarlo.

En ese momento, temblando de pies a cabeza, creyó que quizá no volvería a sentirse así con nadie más y se dio cuenta que podía amarlo.

-¿Qué voy a hacer contigo?-preguntaba él de vez en cuando, recordando en silencio que no podía tenerla.
-¡Todo!-le contestaba ella, sin dudas, resuelta a enfrentarlo, con todas las defensas por el suelo, comprometida con esa historia.
-Todo es todo-explicaba sereno-incluye lo bueno, lo malo…
-Ya lo sé-replicaba con el corazón enardecido con esa valentía estúpida, de la que no lleva a ningún lugar.
-Es que tu todo no es todo, es una parte-replicaba él, convencido de que ella no podría enfrentarlo Todo.
-¡Mentira!-y comenzaba otra vez esa discusión infinita entre ellos…

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Brave heart?

Me han dicho que alejarse de alguien –cortar, quebrar, divorciarse para los más legales, botar, cambiar, y todos aquellos sinónimos que puedan utilizarse para indicar que de nuevo uno está solo (o bueno, está más solo que antes) – es valentía.

Yo lo dudo.

Hacerse a un lado por las razones que sean no es valor. Es una mezcla de orgullo, de dignidad, de necesidades insatisfechas, de asumir decisiones y las consecuencias de estas.

Es tristeza, por que aunque el día a día sea una eterna diatriba, la diatriba hace falta. Y los recuerdos son inmisericordes.

Uno puede decirse y decirle al mundo una infinidad de razones: la cosa ya no va, tanto pleito, de pronto lo que uno siente no es suficiente para dos –nunca lo es–, por que merece más, por que espera más, por que han cambiado...

Pero al fin y al cabo es como dice Mario Benedetti: “Para estar total y completamente enamorado uno necesita saber que es querido, que inspira amor”.

Ahí no hay valentía.

Es la necesidad de saber que alguien allá afuera en el amplio mundo piensa en ti y te necesita en su vida.

Es, quizá la necesidad de sentirnos parte de algo. Parte de alguien.

Y, de pronto, un día te das cuenta que habías sobreestimado el dolor, la tristeza y la soledad. De pronto, un día te da cuenta de que incluso estás mejor.

De pronto, un día te das cuenta que esa decisión era la correcta.

Pero, igual, sigo sin ver dónde está la valentía.

domingo, 30 de mayo de 2010

Volvió mi fantasma

Y volvió, en medio de los muertos de Agatha, del frío que se cuela por que el solecito no ha salido desde ayer, en medio de las mil palabras que tenía que escribir. Volvió.

No es que aún se me contraiga el corazón cuando lo oigo. No es más bien esa sensación de soledad, ese vacío enorme que es como un hoyo negro en medio del pecho.

Ese vacío que sólo con él sentí.

Ese vacío inmenso, que crecía y hacía que me faltara el aire. Esa espantosa sensación de la nada.

Volvió.

Y hoy, con mi parsimoniosa diplomacia, por que tengo una incapacidad enorme para decir no, le dije "dudo que eso vuelva a pasar".

Por que no quiero que él vuelva a mi vida, por que quiero encontrar mi lugar en esta vida, por que quiero hacer las cosas bien.

Y principalmente, por que quiero quererme.

Por eso y más, le dediqué ese "dudo que eso vuelva a pasar".

miércoles, 19 de mayo de 2010

Anoche, viendo Fringe la agente especial Olivia Dunham, en una versión de los años 40 y siendo detective privada dijo más o menos lo siguiente:

There has to be a man in the universe that can keep me warm when I'm cool, feed me when I'm hungry and some time take me to dance.

En español sería así como, tiene que haber un hombre en el universo que pueda calentarme cuando tenga frío, alimentarme cuando tenga hambre y tal vez llevarme a bailar.

Qué se hace cuándo una solo quiere varios "te quiero" azucarados para iniciar el día, abrazos por vitaminas y besos para dormir. Total, de lo demás me encargo yo...